lunes, 24 de enero de 2011

A qué nos referimos cuando hablamos de arte y cultura.

¿A qué nos referimos cuando hablamos de arte y cultura?, ¿porqué son conceptos que siempre van de la mano? ¿Cuál es la valoración real que hacemos de este ámbito de la realización humana para efectos del devenir de las colectividades, pueblos y, en definitiva, de la humanidad en su conjunto?
¿Porqué asignamos – como sociedad contemporánea – un valor preponderante a esta dimensión al momento de definirnos como naciones desarrolladas? y ¿porqué, finalmente, termina siendo el arte y la cultura una especie de fetiche al servicio de todo aquello por lo que en su origen le era contrario?
¿Qué es lo que permite o causa esta tremenda paradoja? y ¿qué factores se deben considerar al momento de arrojarse a la épica tarea que algunos se han autoencomendado (o casualmente visto involucrados) de corregir o al menos desarrollar visiones alternativas que puedan aportar desde la teoría y la práctica a una verdadera consideración de los aspectos culturales y su incidencia en la construcción del mundo que queremos?
Cuando hablamos de cultura, hablamos de todo aquello de carácter simbólico e instrumental que el hombre crea para contener y habitar el mundo en el que ha sido puesto, en relación con una colectividad humana, con la naturaleza y con el cosmos o lo trascendental. Visto desde aquí podemos entender la cultura como proceso de adaptación del ser humano y en tanto proceso, constituye un fenómeno en constante transformación.
Podemos decir que la cultura es, en definitiva, el mundo que efectivamente habitamos, donde todas las otras dimensiones como la política, social, ambiental, económica, étnica, religiosa, geográfica, etc. están presentes y se estructuran indistintamente de modo tal que generan culturas particulares y juntamente con ello identidades originales.
Producto de la mundialización de las economías en primera instancia, junto con la concentración de los poderes económicos se ha producido lo que llamamos globalización, es decir, la expansión de un sistema a nivel global, sistema que obliga a las naciones a incorporarse y ser partícipes de ello. Es así como todas las dimensiones que conforman las diferentes culturas deben comenzar a reestructurarse a este nuevo sistema impuesto y a generar con ello un quiebre relacional entre estas dimensiones y la cultura propia de cada territorio. Es decir, los aspectos políticos, económicos, ambientales, étnicos, religiosos, etc. se ven profundamente trastocados y desarticulados en función del sistema dominante y que adquiere diferentes variaciones según el territorio en que ha sido instalado.
Es en este momento y en este punto donde afirmamos que la labor de los agentes culturales tales como artistas, intelectuales, gestores, agrupaciones de la sociedad civil y ciudadanía en su conjunto pasa a constituir un elemento clave en la exposición y reclamación de esta desarticulación que en lo práctico da origen a una serie de problemáticas humanas de profunda implicancia en las sociedades actuales, visibles a través del quiebre cultural identitario.
Por ello hablar de arte y cultura no es tan simple. Una debida institucionalidad cultural y un debido diálogo cultural debe darse en torno a temáticas trascendentales, pasando por todas las dimensiones del quehacer humano. Debemos reconocer como artistas y actores culturales que asistimos a un momento crítico en el devenir de nuestras propias configuraciones identitarias e inherente a ello, de la forma de vida que mejor satisfaga nuestras humanas necesidades.
Desde un territorio como el nuestro, donde se despliega con gran fuerza la imposición de una ideología hegemónica sobre una cosmovisión tangencialmente opuesta y minoritaria, se hace más que necesario una revisión de de nuestro rol como constructores de cultura. En este momento se hace ineludible una revisión de síntesis, de consenso y de conciliación a favor de nosotros mismos. No estamos excluidos de este conflicto y de ningún otro que se enmarque dentro del territorio que habitamos. 

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